Pienso, luego existo

Por: Gabriel J. Perea R. @elistmopty

“Cogito ergo sum”, locución latina que se le atribuye al filósofo francés René Descartes. Frase que en español se traduce como “pienso, porque soy” o como la conocemos vulgarmente “pienso, luego existo”. Esta frase se convirtió en el elemento fundamental del racionalismo occidental. Entendiéndose por racionalismo a la corriente filosófica que se opone al sistema de pensamiento que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contraste con el empirismo, que resalta el papel de la experiencia, sobre todo el sentido de la percepción.

Demasiado elevado para ser digerido por la gran mayoría de los ciudadanos, pero llevado a la práctica cotidiana, podría interpretarse como “piensa antes de actuar”. Tan sencillo como eso. Entendiéndose por “pensar” la actividad y creación de la mente; o todo aquello que es traído a la realidad mediante la actividad del intelecto. Los grandes maestros, aquellos que dejaron un legado inolvidable y que aún pasados cientos de años prevalece, pareciera que fueron fenómenos entre miles.

Hoy día son pocos los que realmente ejercitan el pensamiento para luego existir. Prevalece lo contrario, existen y después piensan o quizás ni siquiera eso. Son simples entes rebotantes sin aplomo ni destino. Cada día nos sorprenden personajes públicos que no tienen la capacidad de imitar a Descartes.

Para muestra un poco de imaginación, soñemos que se edificaran castillos de plástico llenos de agua, a pesar de que el agua está escasa en algunos puntos del orbe capitalino y ni pensar en área rurales. Y no pensemos que esos castillos de plástico puedan ser agujereados por unos inocentes niños con AK-47, solo por mera diversión y que en la plenitud de la diversión se solicite carné de identificación para saber a qué pandillas perteneces.

Mejor pensemos en edificar villas navideñas para que los niños pobres vean el esplendor de la gran fantasía que es la Navidad y expliquémosles por qué hay dinero para pagar villas navideñas con tantas cosas que no pueden comprar y solo conformarse con un triste juguete que le durada la trayectoria a la realidad de sus hogares humildes y faltos de las lindas cosas que ellos observaron. De todas formas, ellos no tienen que ser un Descartes para pensar y para luego existir. Aquellos niños con ojitos brillantes solo llevan la existencia a cuestas.

Regresemos al principio, si estos procederes fantasiosos, tales como villas navideñas y castillos de plástico alejados de la realidad de los hogares donde la paila está boca abajo, no necesitaron ser pensados para poder dirigir esas ondas cerebrales a cosas como comedores comunales para los más desprotegidos o terminar de una vez por todas con el eterno problema de la basura, qué más podemos entonces esperar. Ya lo dijo alguien, dejémonos de babosadas y pongámonos a trabajar, pero pensando primero.

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