La Leyenda de los Indios Conejos

Por: César Samudio

Eche a volar su imaginación para que esta kugüe kirá ni ña (historia de los indios conejos) tenga la fascinación que ha tenido para quienes, como mi hermano Julio César, aseguran haber escuchado por las noches sus tambores y jolgorios  en “deshabitados” parajes de la serranía Chiriquí-Bocas del Toro.
Y es que entre los ngöbes-buglé (guaymíes) y entre los zuliás (latinos) siempre se ha hablado de existencia del enigmático subgrupo de los ña o conejos que, según la tradición oral, fueron grandes guerreros y tuvieron una organización social semejante a la de los demás grupos indígenas del país (dules, emberás, teribes, bogotás y ngóbes-buglé).
Según esas fuentes ancestrales, tanto los ngöbes-buglé como los ña recibían constantes ataques de otras tribus —algunas procedían de Costa Rica y Nicaragua— que buscaban extender sus dominios sobre los territorios de éstos. Para evitarlo, ambos caciques establecieron una liga militar; esa alianza busca también hacer más firmes y duraderas las relaciones entre esos dos pueblos.
Pero dicha coalición se deshizo porque una mujer de los guaymíes fue asesinada por los ña; entonces el rey guaymí exigió a éstos que revivieran a la mujer de su tribu; como el cacique ña se negó —¿acaso podía revivir a un muerto?— se desató una ola de odio y violencia que condujo al asesinato de una concubina del rey ña

Y desde entonces han sido sangrientas e interminables  las guerras entre dichos pueblos. Los conejos atacaban a los poblados guaymíes durante la noche y estos últimos hacían lo mismo durante el día. En ese afán se hallaban cuando recibieron la inesperada visita de los conquistadores españoles. Y pese a que combatían a un enemigo común, nunca se reconciliaron.
Después de la abolición de la encomienda en Natá (1558) y su subsiguiente establecimiento en Veraguas, los conejos eran los más temidos y combatidos. La pacificación real de Veraguas se logró en el momento en que las huestes españolas lograron arrinconarlos y hacerlos desaparecer del mapa, al extremo de que nadie sabe a ciencia cierta dónde ni cómo viven.
Se sabe que su nombre se debe a que sobre sus cuerpos llevan rayas verticales (como los conejos pintados), que sus faenas (bailes, caza, pesca, guerras, etc.) son nocturnas porque de día duermen metidos en cuevas oscuras (porque la luz del sol los deja cegatos). En compensación, tienen tan desarrollado el sentido del olfato al extremo de que a grandes distancias pueden descubrir la presencia de personas extrañas a su grupo.
En la actualidad, la gente los ubica en la cordillera de Chiriquí-Bocas del Toro, específicamente en Boquete, Cerro Punta, Santa Clara y áreas limítrofes con Costa Rica. Mi hermano Julio César, por ejemplo, dice haberlos escuchado desde su casa, en la bifurcación de los ríos Holkone y Playita, corregimiento de Culebra, en Bocas del Toro.
Pese a que su existencia se pone en entredicho por muchas personas, son abundantes los testimonios, viejos y nuevos, que aseguran que este grupo indómito aunque reducido, existe. Hace no mucho tiempo, en Sitio Prado, Tolé, específicamente en un lugar elevado y montañoso que se conoce como Cerro Banco, unos trabajadores los avistaron.
Sobre los ranchos caía un aguacero torrencial. Eran las 7:30 de la noche. De pronto la gente se queda en silencio observando cómo, bajo la lluvia, unas personas pequeñas, rayadas, con los cabellos más abajo de los hombres, discutían (se presume; pudo haber sido que estuvieran filosofando) en una lengua totalmente diferente a la ngöbe-buglé y demás dialectos que se hablan en la región.
Un cazador nocturno, hermano del educador Saturnino Venado, asegura haber visto con su lámpara chivera a unos hombres similares a los que se describen en el párrafo anterior.

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(*) Tomada del diario Crítica Libre, Panamá, 7 de septiembre de 1996, pág. 4-A.

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