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Saturday, 24 December 2016

FÁBULAS TOMÁS DE IRIARTE



TOMÁS DE IRIARTE

- I -

El elefante y otros animales

Allá en tiempo de entonces,
y en tierras muy remotas,
cuando hablaban los brutos
su cierta jerigonza,
notó el sabio elefante
 que entre ellos era moda
incurrir en abusos
dignos de gran reforma.
Afeárselos quiere,
y a este fin los convoca.
 Hace una reverencia
a todos con la trompa,
y empieza a persuadirlos
en una arenga docta
que para aquel intento
 estudió de memoria.
Abominando estuvo
por más de un cuarto de hora
mil ridículas faltas,
mil costumbres viciosas:
 la nociva pereza,
la afectada bambolla,
la arrogante ignorancia,
la envidia maliciosa.
Gustosos en extremo,
 y abriendo tanta boca,
sus consejos oían
muchos de aquella tropa,
el cordero inocente,
la siempre fiel paloma
 el leal perdiguero,
la abeja artificiosa,
el caballo obediente,
la hormiga afanadora,
el hábil jilguerillo,
 la simple mariposa.
Pero del auditorio
otra porción no corta,
ofendida, no pudo
sufrir tanta parola.
 El tigre, el rapaz lobo,
contra el censor se enojan.
¡Qué de injurias vomita
la sierpe venenosa!
Murmuran por lo bajo,
 zumbando en voces roncas,
el zángano, la avispa,
el tábano y la mosca.
Sálense del concurso
por no escuchar sus glorias,
 el cigarrón dañino
la oruga y la langosta.
La garduña se encoge,
disimula la zorra,
y el insolente mono
 hace de todos mofa.
Estaba el elefante
viéndolo con pachorra,
y su razonamiento
concluyó en esta forma:
 «A todos y a ninguno
mis advertencias tocan:
quien las siente, se culpa:
el que no, que las oiga.»

Quien mis FÁBULAS lea,
 sepa también que todas
hablan a mil naciones,
no sólo a la española.
Ni de estos tiempos hablan,
porque defectos notan
 que hubo en el mundo siempre,
como los hay ahora.
Y pues no vituperan
señaladas personas,
quien haga aplicaciones,
 con su pan se lo coma.

Ningún particular debe ofenderse de lo que se dice en común.


- II -

El oso, la mona y el cerdo

Un oso, con que la vida
ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza, ensayaba en dos pies.
Queriendo hacer de persona,
 dijo a una mona: «¿Qué tal?»
Era perita la mona,
y respondiole: «Muy mal.»
Yo creo, replicó el oso,
que me haces poco favor.
 ¡Pues qué! ¿Mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?
Estaba el cerdo presente,
y dijo: «¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
 no se ha visto ni verá.»
Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto
hubo de exclamar así:
 «Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar:
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar.»

Guarde para su regalo
 esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba, malo;
si el necio aplaude, peor.

Nunca una obra se acredita tanto de mala, como cuando la aplauden los necios.

- III -

La abeja y los zánganos

A tratar de un gravísimo negocio
se juntaron los zánganos un día.
Cada cual varios medios discurría
para disimular su inútil ocio;
y por librarse de tan fea nota
 a vista de los otros animales,
aun el más perezoso y más idiota
quería, bien o mal, hacer panales.
Mas como el trabajar les era duro,
y el enjambre inexperto
 no estaba muy seguro
de rematar la empresa con acierto,
intentaron salir de aquel apuro
con acudir a una colmena vieja
y sacar el cadáver de una abeja
 muy hábil en su tiempo y laboriosa:
hacerla con la pompa más honrosa
unas grandes exequias funerales,
y susurrar elogios inmortales
de lo ingeniosa que era
 en labrar dulce miel y blanca cera.
Con esto se alababan tan ufanos,
que una abeja les dijo por despique:
«¿No trabajáis más que eso? Pues hermanos,
jamás equivaldrá vuestro zumbido
 a una gota de miel que yo fabrique.»
¡Cuántos pasar por sabios han querido,
con citar a los muertos que lo han sido!
¡Y qué pomposamente que los citan!
Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

Fácilmente se luce con citar y elogiar a los hombres grandes de la antigüedad: el mérito está en imitarlos.

- IV -

Los dos loros y la cotorra

De Santo Domingo trajo
dos loros una señora:
la isla es mitad francesa,
y otra mitad española.
Así cada animalito
 hablaba distinto idioma.
Pusiéronlos al balcón,
y aquello era Babilonia;
de francés y castellano
hicieron tal pepitoria,
 que al cabo ya no sabían
hablar ni una lengua ni otra.
El francés del español
tomó voces, aunque pocas,
el español al francés
 casi se las tomó todas.
Manda el ama separarlos,
y el francés luego reforma
las palabras que aprendió
de lengua que no es de moda
 el español, al contrario,
no olvida la jerigonza,
y aun discurre que con ella
ilustra su lengua propia.
Llegó a pedir en francés
 los garbanzos de la olla,
y desde el balcón de enfrente
una erudita cotorra
la carcajada soltó,
haciendo del loro mofa.
 Él respondió solamente,
como por tacha afrentosa:
Vos no sois una PURISTA(1);
y ella dijo: A mucha honra.
¡Vaya, que los loros son
 lo mismo que las personas!

Los que corrompen su idioma no tienen otro desquite que llamar puristas a los que le hablan con propiedad, como si el serlo fuera tacha.

- V -

El gusano de seda y la araña

Trabajando un gusano su capullo,
la araña, que tejía a toda prisa,
de esta suerte le habló con falsa risa,
muy propia de su orgullo:
«¿Qué dice de mi tela el seor gusano?
 Esta mañana la empecé temprano,
y ya estará acabada al mediodía.
¡Mire qué sutil es, mire qué bella!...»
El gusano con sorna respondía:
«Usted tiene razón; así sale ella.»

Se ha de considerar la calidad de la obra y no el tiempo que se ha tardado en hacerla.

- VI -

El mono y el titiritero

El fidedigno padre Valdecebro,
que en discurrir historias de animales
se calentó el cerebro,
pintándolos con pelos y señales;
que en estilo encumbrado y elocuente
 del unicornio cuenta maravillas,
y el ave fénix cree a pie juntillas
(no tengo bien presente
si es en el libro octavo o en el nono),
refiere el caso de un famoso mono.
 Éste, pues, que era diestro
en mil habilidades, y servía
a un gran titiritero, quiso un día,
mientras estaba ausente su maestro,
convidar diferentes animales
 de aquellos más amigos,
a que fuesen testigos
de todas sus monadas principales.
Empezó por hacer la mortecina;
después bailó en la cuerda a la arlequina,
 con el salto mortal y la campana:
luego el despeñadero,
la espatarrada, vueltas de carnero,
y al fin, el ejercicio a la prusiana.
De estas y de otras gracias hizo alarde,
 mas lo mejor faltaba todavía,
pues imitando lo que su amo hacía,
ofrecerles pensó, porque la tarde
completa fuese, y la función amena,
de la linterna mágica una escena.
 Luego que la atención del auditorio
con un preparatorio
exordio concilió, según es uso,
detrás de aquella máquina se puso;
y durante el manejo
 de los vidrios pintados,
fáciles de mover a todos lados,
las diversas figuras
iba explicando con locuaz despejo.
Estaba el cuarto a oscuras,
 cual se requiere en casos semejantes;
y aunque los circunstantes
observaban atentos,
ninguno ver podía los portentos
que con tanta parola y grave tono
 les anunciaba el ingenioso mono.
Todos se confundían, sospechando
que aquello era burlarse de la gente.
Estaba el mono ya corrido, cuando
entró maese Pedro de repente,
 e informado del lance, entre severo
y risueño, le dijo: «Majadero,
¿de qué sirve tu charla sempiterna,
si tienes apagada la linterna?»
Perdonadme, sutiles y altas musas,
 las que hacéis vanidad de ser confusas:
¿Os puedo yo decir con mejor modo
que sin la claridad os falta todo?

Sin claridad no hay obra buena.

- VII -

La campana y el esquilón

En cierta catedral una campana había,
que sólo se tocaba algún solemne día.
Con el más recio son, con pausado compás
cuatro golpes o tres solía dar no más.
Por esto, y ser mayor de la ordinaria marca,
 celebrada fue siempre en toda la comarca.
Tenía la ciudad en su jurisdicción
una aldea infeliz, de corta población,
siendo su parroquial una pobre iglesita
con chico campanario, a modo de una ermita,
 y un rajado esquilón pendiente en medio de él,
era allí el que hacía el principal papel.
A fin de que imitase aqueste campanario
al de la catedral, dispuso el vecindario
que despacio y muy poco el dicho esquilón
 se hubiese de tocar en tal cual función;
y pudo aquello tanto en la gente aldeana,
que el esquilón pasó por una gran campana.
Muy verosímil es; pues que la gravedad
suple en muchos así por la capacidad;
 dígnanse rara vez de despegar sus labios,
y piensan que con esto imitan a los sabios.

Con hablar poco y gravemente, logran muchos opinión de hombres grandes.

- VIII -

El burro flautista

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
 que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
 se dejó olvidada
por casualidad.
Acercose a olerla
el dicho animal;
y dio un resoplido
 por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
 ¡Oh! dijo el borrico:
¡Qué bien sé tocar!
¿Y dirán que es mala
la música asnal?
Sin reglas del arte
 borriquitos hay,
que una vez aciertan
por casualidad.

Sin reglas del arte, el que en algo acierta es por casualidad.

- IX -

La hormiga y la pulga

Tienen algunos un gracioso modo
de aparentar que se lo saben todo:
pues cuando oyen o ven cualquiera cosa,
por más nueva que sea y primorosa,
muy trivial y muy fácil la suponen,
 y a tener que alabarla no se exponen.
Esta casta de gente
no se me ha de escapar, por vida mía,
sin que lleve su fábula corriente,
aunque gaste en hacerla todo un día.
 A la pulga la hormiga refería
lo mucho que se afana,
y con qué industrias el sustento gana;
de qué suerte fabrica el hormiguero;
cuál es la habitación, cuál el granero,
 cómo el grano acarrea,
repartiendo entre todas la tarea;
con otras menudencias muy curiosas,
que pudieran pasar por fabulosas,
si diarias experiencias
 no las acreditasen de evidencias.
A todas sus razones
contestaba la pulga, no diciendo
más que éstas u otras tales expresiones:
«Pues... ya... sí... se supone... bien... lo entiendo...
 ya lo decía yo... sin duda... es claro;
ya ves que en eso no hay nada de raro.»
La hormiga, que salió de sus casillas
al oír estas vanas respuestillas,
dijo a la pulga: «Amiga, pues yo quiero
 que venga usted conmigo al hormiguero,
ya que con ese tono de maestra
todo lo facilita y da por hecho,
siquiera para muestra
ayúdenos en algo de provecho.»
 La pulga, dando un brinco muy ligera,
respondió con grandísimo desuello:
«¡Miren qué friolera!
¿Y tanto piensas que me costaría?
Todo es ponerse a ello...
 Pero... Tengo que hacer... Hasta otro día.»

Para no alabar las obras buenas, algunos las suponen de fácil ejecución.

- X -

Los dos conejos

Por entre unas matas
seguido de perros
(no diré corría)
volaba un conejo.
De su madriguera
 salió un compañero,
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser? responde.
Sin aliento llego...
 Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo.»
«Sí, replica el otro,
por allí los veo...
Pero no son galgos.»
 «Pues ¿qué son?» -«¡Podencos!»
«¡Qué! ¿Podencos dices?»
«Sí, como mi abuelo.»
«Galgos y muy galgos:
bien visto lo tengo.»
 «Son Podencos: vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos.»
En esta disputa
 llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
 dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

No debemos detenernos en cuestiones frívolas, asunto principal.

- XI -

La parietaria y el tomillo

Yo leí, no sé dónde, que en la lengua herbolaria
saludando al tomillo la hierba parietaria,
con socarronería le dijo de esta suerte:
«Dios te guarde, tomillo: lástima me da verte,
que aunque más oloroso que todas estas plantas,
 apenas medio palmo del suelo te levantas.»
Él responde: «Querida, chico soy, pero crezco
sin ayuda de nadie. Yo sí te compadezco;
pues, por más que presumas, ni medio palmo puedes
medrar, si no te arrimas a una de esas paredes.»
 Cuando veo yo algunos que de otros escritores
a la sombra se arriman y piensan ser autores
con poner cuatro notas, o hacer un prologuillo,
estoy por aplicarles lo que dijo el tomillo.

Nadie pretenda ser tenido por autor sólo con poner un ligero prólogo, o algunas notas a libro ajeno.

- XII -

Los huevos

Más allá de las islas Filipinas
hay una, que ni sé cómo se llama,
ni me importa saberlo; donde es fama
que jamás hubo casta de gallinas
hasta que allá un viajero
 llevó por accidente un gallinero.
Al fin tal fue la cría, que ya el plato
más común y barato
era de huevos frescos; pero todos
los pasaban por agua (que el viajante
 no enseñó a componerlos de otros modos).
Luego de aquella tierra un habitante
introdujo el comerlos estrellados.
¡Oh qué elogios se oyeron a porfía
de su rara y fecunda fantasía!
 Otro discurre hacerlos escalfados.
¡Pensamiento feliz! Otro rellenos...
¡Ahora sí que están los huevos buenos!
Uno después inventa la tortilla,
y todos claman ya: ¡qué maravilla!
 No bien se pasó un año,
cuando otro dijo: «Sois unos petates:
yo los haré revueltos con tomates.»
Y aquel guiso de huevos tan extraño,
con que toda la isla se alborota,
 hubiera estado largo tiempo en uso,
a no ser porque luego los compuso
un famoso extranjero a la Hugonota.
Esto hicieron diversos cocineros;
pero ¡qué condimentos delicados
 no añadieron después los reposteros!
Moles, dobles, hilados,
en caramelo, en leche,
en sorbete, en compota, en escabeche.
Al cabo todos eran inventores,
 y los últimos huevos los mejores.
Mas un prudente anciano
les dijo un día: «Presumís en vano
de esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!
 Tantos autores nuevos
¿no se pudieran ir a guisar huevos
más allá de las islas Filipinas?

No falta quien quiera pasar por autor original cuando no hace más que repetir, con corta diferencia, lo que otros muchos han dicho.

- XIII -

El pato y la serpiente

A orillas de un estanque
diciendo estaba un pato:
«¿A qué animal dio el cielo
los dones que me ha dado?
Soy de agua, tierra y aire.
 Cuando de andar me canso,
si se me antoja, vuelo,
si se me antoja, nado.»
Una serpiente astuta,
que le estaba escuchando,
 le llamó con un silbo,
y le dijo: «Seor guapo,
no hay que echar tantas plantas;
pues ni anda como el gamo,
ni vuela como el sacre,
 ni nada como el barbo.
Y así tenga sabido
que lo importante y raro
no es entender de todo,
sino ser diestro en algo.»

Más vale saber una cosa bien, que muchas mal.

- XIV -

El manguito, el abanico y el quitasol

Si querer entender de todo
es ridícula presunción,
servir sólo para una cosa
suele ser falta no menor.
Sobre una mesa cierto día
 dando estaba conversación
a un abanico y a un manguito
un paraguas o quitasol;
y en la lengua que en otro tiempo
con la olla el caldero habló(2),
 a sus compañeros dijo:
«¡Oh, qué buenas alhajas sois!
Tú, manguito, en invierno sirves;
en verano vas a un rincón:
tú, abanico, eres mueble inútil
 cuando el frío sigue al calor.
No sabéis salir de un oficio,
aprended de mí, pese a vos,
que en el invierno soy paraguas,
y en el verano quitasol.»

También suele ser nulidad el no saber más que una cosa; el extremo opuesto del defecto reprendido en la fábula anterior.

- XV -

La avutarda

De sus hijos la torpe avutarda,
el pesado volar conocía,
deseando sacar una cría
más ligera, aunque fuese bastarda.
A este fin muchos huevos robados
 de alcotán, de jilguero y paloma,
de perdiz y de tórtola toma
y en su nido los guarda mezclados.
Largo tiempo se estuvo sobre ellos.
Y aunque hueros salieron bastantes
 produjeron por fin los restantes
varias castas de pájaros bellos.
La avutarda mil aves convida
por lucirlo con cría tan nueva;
sus polluelos cada ave se lleva,
 y hete aquí la avutarda lucida.
Los que andáis empollando obras de otros,
sacad, pues, a volar vuestra cría.
Ya dirá cada autor: «Esta es mía.»
Y veremos qué os queda a vosotros.

Muy ridículo papel hacen los plagiarios que escriben centones.

- XVI -

El jilguero y el cisne

«Calla tú, pajarillo vocinglero,
(dijo el cisne al jilguero).
¿A cantar me provocas, cuando sabes
que de mi voz la dulce melodía
nunca ha tenido igual entre las aves?»
 El jilguero sus trinos repetía,
y el cisne continuaba: «¡Qué insolencia!
¡Miren cómo me insulta el musiquillo!
Si con soltar mi canto no le humillo,
dé muchas gracias a mi gran prudencia.»
 «¡Ojalá que cantaras!
(Le respondió por fin el pajarillo):
¡Cuánto no admirarías
con las cadencias raras
que ninguno asegura haberte oído,
 aunque logran más fama que las mías!...»
Quiso el cisne cantar, y dio un graznido.
¡Gran cosa! Ganar crédito sin ciencia,
y perderle en llegando a la experiencia.

Nada sirve la fama, si no corresponden las obras.

- XVII -

El caminante y la mula de alquiler

Harta de paja y cebada
una mula de alquiler
salía de la posada;
y tanto empezó a correr,
que apenas el caminante
 la podía detener.
No dudo que en un instante
su media jornada haría;
pero algo más adelante
la falsa caballería
 ya iba retardando el paso.
«¿Si lo hará de picardía?...
¡Arre!... ¿Te paras? Acaso
metiendo la espuela... Nada,
mucho me temo un fracaso...
 Esta vara, que es delgada...
Menos... Pues este aguijón...
Mas ¿si estará ya cansada?
¡Coces tira... y mordiscón!
¡Se vuelve contra el jinete!...
 ¡Oh qué corcovo, qué envión!
Aunque las piernas apriete...
Ni por esas... ¡Voto a quién!
Barrabás que la sujete...
Por fin dio en tierra... ¡Muy bien!
 ¿Y eres tú la que corrías?...
¡Mal muermo te mate, amén!
No me fiaré en mis días
de mula que empiece haciendo
semejantes valentías.»
 Después de este lance, en viendo
que un autor ha principiado
con altisonante estruendo,
al punto digo: «¡Cuidado!
Tente, hombre, que te has de ver
 en el vergonzoso estado
de la mula de alquiler!»

Los que empiezan elevando el estilo, se ven tal vez precisados a humillarle después demasiado.

- XVIII -

La cabra y el caballo

Estábase una cabra muy atenta
largo rato escuchando
de un acorde violín el eco blando.
Los pies se le bailaban de contenta;
y a cierto jaco que también suspenso
 casi olvidaba el pienso,
dirigió de esta suerte la palabra:
«¿No oyes de aquellas cuerdas la armonía?
Pues sabe que son tripas de una cabra
que fue en un tiempo compañera mía.
 Confío ¡dicha grande! que algún día,
no menos dulces trinos
formarán mis sonoros intestinos.»
Volviose el buen rocín y respondiola:
«A fe que no resuenan esas cuerdas
 sino porque las hieren con las cerdas
que sufrí me arrancasen de la cola.
Mi dolor me costó, pasé mi susto,
pero al fin tengo el gusto
de ver que lucimiento
 debe a mi auxilio el músico instrumento.
Tú, que satisfacción igual esperas,
¿cuándo la gozarás? Después que mueras.»
Así, ni más ni menos, porque en vida
no ha conseguido ver obra aplaudida
 algún mal escritor, al juicio apela
de la posteridad, y se consuela.

Hay muchos escritores que se lisonjean fácilmente de lograr fama póstuma, cuando no han podido merecerla en vida.

- XIX -

La abeja y el cuclillo

Saliendo del colmenar,
dijo al cuclillo la abeja:
«Calla, porque no me deja
tu ingrata voz trabajar.
No hay ave tan fastidiosa
 en el cantar como tú:
cucú, cucú, y más cucú:
y siempre una misma cosa.»
-«¿Te cansa mi canto igual?
(El cuclillo respondió):
 pues a fe que no hallo yo
variedad en tu panal.
Y pues que del propio modo
fabricas uno que ciento
si yo nada nuevo invento,
 en ti es viejísimo todo.»
A esto la abeja replica:
«En obra de utilidad
la falta de variedad
no es lo que más perjudica.
 Pero en obra destinada
sólo al gusto y diversión,
si no es varia la invención,
todo lo demás es nada.»

La variedad es requisito indispensable en las obras de gusto.

- XX -

El ratón y el gato

Tuvo Esopo famosas ocurrencias.
¡Qué invención tan sencilla! ¡Qué sentencias!...
He de poner, pues que la tengo a mano,
una fábula suya en castellano.
«Cierto, dijo un ratón en su agujero:
 no hay prenda más amable y estupenda
que la fidelidad: por eso quiero
tan de veras al perro perdiguero.»
Un gato replicó: «Pues esa prenda
yo la tengo también...» Aquí se asusta
 mi buen ratón, se esconde,
y torciendo el hocico, le responde:
«¿Cómo? ¿La tienes tú? Ya no me gusta.»
La alabanza que muchos creen justa,
injusta les parece
 si ven que su contrario la merece.
«¿Qué tal, señor lector? La fabulilla
puede ser que le agrade y que le instruya.»
«Es una maravilla:
dijo Esopo una cosa como suya.»
 «Pues mire usted: Esopo no la ha escrito:
salió de mi cabeza.» «¿Con que es tuya?»
«Sí, señor erudito:
ya que antes tan feliz le parecía,
critíquemela ahora porque es mía.»

Alguno que ha alabado una obra ignorando quién es su autor, suele vituperarla después que lo sabe.

- XXI y XXII -

La lechuza, los perros y el trapero

Cobardes son, y traidores,
ciertos críticos que esperan,
para impugnar, a que mueran
los infelices autores,
porque vivos, respondieran.
 Un breve caso a este intento
contaba una abuela mía.
Diz que un día en un convento
entró una lechuza... Miento,
que no debió ser un día.
 Fue, sin duda, estando el sol
va muy lejos del ocaso...
Ella, en fin, se encontró al paso
una lámpara (o farol,
que es lo mismo para el caso).
 Y volviendo la trasera,
exclamó de esta manera:
«Lámpara, ¡con qué deleite
te chupara yo el aceite,
si tu luz no me ofendiera!
 Mas ya que ahora no puedo,
porque estás bien atizada,
si otra vez te hallo apagada,
sabré, perdiéndote el miedo,
darme una buena panzada.»


Aunque renieguen de mí
los críticos de que trato,
para darles un mal rato,
en otra fábula aquí
tengo de hacer su retrato.
 Estando, pites, un trapero
revolviendo un basurero,
ladrábale (como suelen
cuando a tales hombres huelen)
Dos parientes del Cerbero.
 Y díjoles un lebrel:
«Dejad a ese perillán,
que sabe quitar la piel
cuando encuentra muerto a un can,
y cuando vivo, huye de él.»

Atreverse a los autores muertos, y no a los vivos, no sólo es cobardía, sino traición.

- XXIII -

La rana y el renacuajo

En la orilla del Tajo
hablaba con la rana el renacuajo,
alabando las hojas, la espesura
de un gran cañaveral y su verdura.
Mas luego que del viento
 el ímpetu violento
una caña abatió, que cayó al río,
en tono de lección dijo la rana:
«Ven a verla, hijo mío:
por de fuera muy tersa, muy lozana;
 por dentro, todo fofa, toda vana.»
Si la rana entendiera poesía,
también de muchos versos lo diría.

¡Qué despreciable es la poesía de mucha hojarasca!

- XXIV -

El lobo y el pastor

Cierto lobo, hablando con cierto pastor,
«Amigo, le dijo: yo no sé por qué
me has mirado siempre con odio y horror.
Tiénesme por malo, no lo soy a fe.
¡Mi piel en invierno que abrigo no da!
 Achaques humanos cura más de mil:
y otra cosa tiene: que seguro está
que la piquen pulgas ni otro insecto vil.
Mis uñas no trueco por las del tejón,
que contra el mal de ojo tienen gran virtud.
 Mis dientes, ya sabes cuán útiles son,
y a cuántos con mi unto he dado salud.»
El pastor responde: «Perverso animal,
¡maldígate el cielo, maldígate amén!
Después que estás harto de hacer tanto mal,
 ¿qué importa que puedas hacer algún bien?
Al diablo los doy
tantos libros lobos como corren hoy.

El libro que de suyo es malo, no dejará de serlo porque tenga tal o cual cosa buena.

- XXV -

El águila y el león

El águila y el león
gran conferencia tuvieron
para arreglar entre sí
ciertos puntos de gobierno.
Dio el águila muchas quejas
 del murciélago, diciendo:
«¿Hasta cuándo ese avechucho
nos ha de traer revueltos?
Con mis pájaros se mezcla,
dándose por uno de ellos;
 y alega varias razones,
sobre todo, la del vuelo.
Mas, si se le antoja dice:
-Hocico, y no pico, tengo.
¿Como ave queréis tratarme?
 Pues cuadrúpedo me vuelvo.
Con mis vasallos murmura
de los brutos de tu imperio;
y cuando con éstos vive,
murmura también de aquéllos.»
 «Está bien, dijo el león:
Yo te juro que en mis reinos
no entre más.» «Pues en los míos,
respondió el águila, menos.»
Desde entonces solitario
 salir de noche le vemos;
pues ni alados ni patudos
quieren ya tal compañero.
Murciélagos literarios,
que hacéis a pluma y a pelo,
 si queréis vivir con todos,
miraos en este espejo.

Los que quieren hacer a dos partidos, suelen conseguir el desprecio de ambos.

- XXVI -

La mona

«Aunque se vista de seda
la mona, mona se queda.»
El refrán lo dice así,
yo también lo diré aquí:
y con eso lo verán
 en fábula y en refrán.
Un traje de colorines,
como el de los matachines,
cierta mona se vistió);
aunque más bien creo yo
 que su amo la vestiría,
porque difícil sería
que tela y sastre encontrase:
el refrán lo dice: pase.
Viéndose ya tan galana,
 saltó por una ventana
al tejado de un vecino,
y de allí tomó el camino
para volverse a Tetuán,
esto no dice el refrán,
 pero lo dice una historia
de que apenas hay memoria,
por ser el autor muy raro;
(y poner el hecho en claro
no le habrá costado poco.)
 Él no supo, ni tampoco
he podido saber yo,
si la mona se embarcó,
o si rodeó tal vez
por el istmo de Suez:
 lo que averiguado está
es que por fin llegó allá.
Viose la señora mía
en la amable compañía
de tanta mona desnuda,
 y cada cual la saluda
como a un alto personaje,
admirándose del traje
y suponiendo sería
mucha la sabiduría,
 ingenio y tino mental
del petimetre animal.
Opinan luego al instante,
y nemine discrepante,
que a la nueva compañera
 la dirección se confiera
de cierta gran correría,
con que buscar se debía
en aquel país tan vasto
la provisión para el gasto
 de toda la mona tropa.
(¡Lo que es tener buena ropa!)
La directora, marchando
con las huestes de su mando
perdió, no sólo el camino,
 sino, lo que es más, el tino.
Y sus necias compañeras
atravesaron laderas,
bosques, valles, cerros, llanos,
desiertos, ríos, pantanos;
 y al cabo de la jornada
ninguna dio palotada.
Y eso que en toda su vida
hicieron otra salida
en que fuese el capitán
 más tieso ni más galán.
Por poco no queda mona
a vida con la intentona;
y vieron por experiencia
que la ropa no da ciencia.
 Pero sin ir a Tetuán,
también acá se hallarán
monos que, aunque se vistan de estudiantes,
se han de quedar lo mismo que eran antes.

Hay trajes propios de algunas profesiones literarias, con los cuales aparentan muchos el talento que no tienen.

- XXVII -

El asno y su amo

«Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio:
yo le doy lo peor, que es lo que alaba.»
De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
 y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:
al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
«Toma, pues que con eso estás contento.»
 Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: «Yo tomo
lo que me quieras dar: pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como.»
 Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano;
pues si en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano.

Quien escribe para el público, y no escribe bien, no debe fundar su disculpa en el mal gusto del vulgo.

- XXVIII -

El gozque y el macho de noria

Bien habrá visto el lector
en hostería o convento
un artificioso invento
para andar el asador.
Rueda de madera es
 con escalones; y un perro
metido en aquel encierro
le da vueltas con los pies.
Parece que cierto can
que la máquina movía,
 empezó a decir un día:
«Bien trabajo, y ¿qué me dan?
¡Cómo sudo! ¡Ay, infeliz!
Y al cabo, por gran exceso,
me arrojarán algún hueso
 que sobre de esa perdiz.
Con mucha incomodidad
aquí la vida se pasa:
me iré, no sólo de casa
mas también de la ciudad.»
 Apenas le dieron suelta,
huyendo con disimulo,
llegó al campo, en donde un mulo
a una noria daba vuelta.
Y no le hubo visto bien,
 cuando dijo: «¿Quién va allá?
Parece que por acá
asamos carne también.»
«No aso carne, que agua saco.»
El macho le respondió.
 «Eso también lo haré yo.
Saltó el can, aunque estoy flaco.
Como esa rueda es mayor,
algo más trabajaré.
¿Tanto pesa?... Pues ¿y qué?
 ¿No ando la de mi asador?
Me habrán de dar, sobre todo,
más ración, tendré más gloria.
Entonces el de la noria
le interrumpió de este modo:
 «Que se vuelva le aconsejo
a voltear su asador,
que esta empresa es superior
a las fuerzas de un gozquejo.
¡Miren el mulo bellaco,
 y qué bien le replicó!
Lo mismo he leído yo
en un tal Horacio Flaco,
que a un autor da por gran yerro
cargar con lo que después
 no podrá llevar; esto es,
que no ande la noria el perro.

Nadie emprenda obra superior a sus fuerzas.

- XXIX -

El papagayo, el tordo y la marica

Oyendo un tordo hablar a un papagayo,
quiso que él, y no el hombre, le enseñara;
y con sólo un ensayo
creyó tener pronunciación tan clara,
que en ciertas ocasiones
 a una marica daba ya lecciones.
Así, salió tan diestra la marica
como aquel que al estudio se dedica
por copias y por malas traducciones.

Conviene estudiar los autores originales, no los copiantes y malos traductores.

Fábulas literarias
Iriarte, Tomás de

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Fábulas literarias
Iriarte, Tomás de

- XXX -

El erudito y el ratón

En el cuarto de un célebre erudito
se hospedaba un ratón, ratón maldito,
que no se alimentaba de otra cosa
que de roerle siempre verso y prosa.
Ni de un gatazo el vigilante celo
 pudo llegarle al pelo,
ni extrañas invenciones
de varias e ingeniosas ratoneras,
o el rejalgar en dulces confecciones
curar lograron su incesante anhelo
 de registrar las doctas papeleras,
y acribillar las páginas enteras.
Quiso luego la trampa
que el perseguido autor diese a la estampa
sus obras de elocuencia y poesía:
 y aquel bicho travieso,
si antes el manuscrito le roía,
mucho mejor roía ya lo impreso.
«¡Qué desgracia la mía!
El literato exclama: ya estoy harto
 de escribir para gente roedora;
y por no verme en esto, desde ahora
papel blanco no más habrá en mi cuarto.
Yo haré que este desorden se corrija...»
Pero sí: la traidora sabandija,
 tan hecha a malas mañas, igualmente
en el blanco papel hincaba el diente.
El autor, aburrido,
echa en la tinta dosis competente
de solimán molido
 escribe (yo no sé si en prosa o verso):
devora, pues, el animal perverso,
y revienta por fin... «¡Feliz receta!
Dijo entonces el crítico poeta:
quien tanto roe, mire no le escriba
 con un poco de tinta corrosiva.»
Bien hace quien su crítica modera,
pero usarla conviene más severa
contra censura injusta y ofensiva,
cuando no hablar con sincero denuedo
 poca razón arguye, o mucho miedo.

Hay casos en que es necesaria la crítica severa.

- XXXI -

La ardilla y el caballo

Mirando estaba una ardilla
a un generoso alazán,
que, dócil a espuela y rienda,
se adiestraba en galopar.
Viéndole hacer movimientos
 tan veloces y a compás,
de aquesta suerte le dijo
con muy poca cortedad:
«Señor mío;
de ese brío,
 ligereza
y destreza
no me espanto,
que otro tanto
suelo hacer, y acaso más.
 Yo soy viva,
soy activa;
me meneo,
me pasco;
yo trabajo,
 subo y bajo,
no me estoy quieta jamás.»
El paso detiene entonces
el buen potro, y muy formal,
en los términos siguientes
 respuesta a la ardilla da:
«Tantas idas
y venidas;
tantas vueltas,
y revueltas,
 quiero, amiga,
que me diga:
¿Son de alguna utilidad?
Yo me afano,
mas no en vano:
 sé mi oficio;
y en servicio
de mi dueño
tengo empeño
de lucir mi habilidad.»
 Con que algunos escritores
ardillas también serán,
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.

Algunos emplean en obras frívolas tanto afán como otros en las importantes.

- XXXII -

El galán y la dama

Cierto galán, a quien París aclama
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año,
y el oro y plata sin temor derrama,
celebrando los días de su dama,
 unas hebillas estrenó de estaño,
sólo para probar con este engaño,
lo seguro que estaba de su fama.
«¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!
Dijo la dama: ¡viva el gusto y numen
 del petimetre, en todo primoroso!»
Y ahora digo yo. «Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, que me emplumen.»

Cuando un autor ha llegado a ser famoso, todo se te aplaude.

- XXXIII -

El avestruz, el dromedario y la zorra

Para pasar el tiempo congregada
una tertulia de animales varios
(que también entre brutos hay tertulias)
mil especies en ella se tocaron.
Hablose allí de las diversas prendas
 de que cada animal está dotado.
Éste a la hormiga alaba, aquél al perro,
quién a la abeja, quién al papagayo.
«No (dijo el avestruz): en mi dictamen
no hay mejor animal que el dromedario.
 El dromedario dijo: «Yo confieso
que sólo el avestruz es de mi agrado.»
Ninguno adivinó por qué motivo
ambos tenían gusto tan extraño.
«¿Será porque los dos abultan mucho?
 ¿O por tener los dos los cuellos largos?
¿O porque el avestruz es algo simple,
y no muy advertido el dromedario?
¿O bien porque son feos uno y otro?
¿O porque tienen en el pecho un callo?
 O puede ser también...» «No es nada de eso,
(la zorra interrumpió): aya di en el caso.
¿Sabéis por qué motivo el uno al otro
tanto se alaban? Porque son paisanos.»
En efecto, ambos eran berberiscos;
 y no fue juicio, no, tan temerario
el de la zorra, que no pueda hacerse
tal vez igual de algunos literatos.

También en la literatura suele dominar el espíritu de paisanaje.

- XXXIV -

El cuervo y el pavo

Pues como digo, es el caso,
y vaya de cuento,
que a volar se desafiaron
un pavo y un cuervo.
Al término señalado,
 ¿cuál llegó primero?
Considérelo quien de ambos
haya visto el vuelo.
«Aguarda, le dijo el pavo
al cuervo de lejos:
 ¿Sabes lo que estoy pensando?
Que eres negro y feo.
Escucha: también reparo
(le gritó más recio),
en que eres un pajarraco
 de muy mal agüero.
¡Quita allá, que das asco,
grandísimo puerco!
Sí, que tienes por regalo
comer cuerpos muertos.»
 «Todo esto no viene al caso
(le responde el cuervo);
porque aquí sólo tratamos
de ver qué tal vuelo.»
Cuando en las obras del sabio
 no encuentra defectos,
contra la persona cargos
suele hacer el necio.

Citando se trata de notar los defectos de una obra, no deben censurarse los personales de su autor.

- XXXV -

La oruga y la zorra

Si se acuerda el lector de la tertulia
en que, en presencia de animales varios
la zorra adivinó por qué se daban
elogios avestruz y dromedario,
sepa que en la mismísima tertulia
 un día se trataba del gusano
artífice ingenioso de la seda,
y todos ponderaban su trabajo.
Para muestra presentan un capullo;
examínanle, crecen los aplausos:
 Y aun el topo, con todo que es un ciego,
confesó que el capullo era un milagro.
Desde un rincón la oruga murmuraba
en ofensivos términos, llamando
la labor admirable, friolera,
 y a sus elogiadores, mentecatos.
Preguntábanse, pues, unos a otros:
«¿Por qué este miserable gusarapo
el único ha de ser quien vitupere
lo que todos acordes alabamos?»
 Saltó la zorra y dijo: «¡Pese a mi alma!
El motivo no puede estar más claro.
¿No sabéis, compañeros, que la oruga
también labra capullos, aunque malos?»
Laboriosos ingenios perseguidos,
 ¿Queréis un buen consejo? Pues cuidado.
Cuando os provoquen ciertos envidiosos,
no hagáis más que contarles este caso.

La literatura es la profesión en que más se verifica el proverbio: ¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio.

- XXXVI -

La compra del asno

Ayer por mi calle
pasaba un borrico,
el más adornado
que en mi vida he visto.
Albarda y cabestro
 eran nuevecitos
con flecos de seda
rojos y amarillos.
Borlas y penacho
llevaba el pollino,
 lazos, cascabeles,
y otros atavíos.
Y hechos a tijera,
con arte prolijo,
en pescuezo y anca
 dibujos muy lindos.
Parece que el dueño,
que es, según me han dicho,
un chalán gitano
de los más ladinos,
 vendió aquella alhaja
a un hombre sencillo;
y añaden que al pobre
le costó un sentido.
Volviendo a su casa,
 mostró a sus vecinos
la famosa compra,
y uno de ellos dijo:
«Veamos, compadre,
si este animalito
 tiene tan buen cuerpo
como buen vestido.»
Empezó a quitarle
todos los aliños;
y bajo la albarda,
 al primer registro,
le hallaron el lomo
asaz malferido,
con seis mataduras
y tres lobanillos,
 amén de dos grietas
y un tumor antiguo
que bajo la cincha
estaba escondido.
«¡Burro, dijo el hombre,
 más que el burro mismo,
soy yo, que me pago
de adornos postizos!»
A fe que este lance
no echaré en olvido;
 pues viene de molde
a un amigo mío,
el cual a buen precio
ha comprado un libro
bien encuadernado,
 que no vale un pito.

Es ser muy necio comprar libros sólo por la encuadernación.

- XXXVII -

El buey y la cigarra

Arando estaba el buey, y a poco trecho
la cigarra, cantando le decía:
«¡Ay, ay! ¡Qué surco tan torcido has hecho!»
Pero él la respondió: «Señora mía,
si no estuviera lo demás derecho,
 usted no conociera lo torcido.
Calle, pues, la haragana reparona;
que a mi amo sirvo bien, y él me perdona
entre tantos aciertos, un descuido.»
¡Miren quién hizo a quién cargo tan fútil!
 ¡Una cigarra al animal más útil!
Mas ¿si me habrá entendido
el que a tachar se atreve
en obras grandes un defecto leve?

Muy necio y envidioso es quien afea un pequeño descuido en una obra grande.

- XXXVIII -

El guacamayo y la marmota

Un pintado guacamayo
desde un mirador veía
cómo un extranjero payo,
que saboyano sería,
por dinero una alimaña
 enseñaba muy feota,
dándola por cosa extraña:
es a saber: la marmota.
Salía de su cajón
aquel ridículo bicho;
 y el ave, desde el balcón,
le dijo: «¡Raro capricho,
siendo tú fea, que así
dinero por verte den,
cuando siendo hermoso, aquí
 todos de balde me ven!
Puede que seas, no obstante,
algún precioso animal;
mas yo tengo ya bastante
con saber que eres venal.»
 Oyendo esto un mal autor,
se fue como avergonzado.
-¿Por qué? -Porque un impresor
le tenía asalariado.

Ordinariamente no es escritor de gran mérito el que hace venal el ingenio.

- XXXIX -

Los dos huéspedes

Pasando por un pueblo
de la montaña
dos caballeros mozos
buscan posada...
De dos vecinos
 reciben mil ofertas
los dos amigos.
Porque a ninguna quieren
hacer desaire,
en casa de uno y otro
 van a hospedarse.
De ambas mansiones
cada huésped la suya
a gusto escoge.
La que el uno prefiere,
 tiene un gran patio,
con su gran frontispicio
como un palacio.
Sobre la puerta
su escudo de armas tiene
 hecho de piedra.
La del otro, a la vista,
no era tan grande:
mas dentro no faltaba
donde alojarse;
 como que había
piezas de muy buen temple,
claras y limpias.
Pero el otro palacio
del frontispicio
 era, además de estrecho,
oscuro y frío;
mucha portada:
y por dentro desvanes
a teja vana.
 El que allí pasó un día
mal hospedado,
contaba al compañero
el fuerte chasco;
pero él te dijo:
 «Otros chascos como ese
dan muchos libros.»

Las portadas ostentosas de los libros engañan mucho.

- XL -

El té y la salvia

El té, viniendo del imperio chino,
se encontró con la salvia en el camino.
Ella le dijo: «¿A dónde vas, compadre?»
«A Europa voy, comadre,
donde sé que me compran a buen precio.»
 «Yo, respondió la salvia, voy a China;
que allá con sumo aprecio
me reciben por gusto y medicina.
En Europa me tratan de salvaje,
y jamás he podido hacer fortuna.
 «Anda con Dios, no perderás el viaje;
pues no hay nación alguna
que a todo lo extranjero
no dé con gusto aplausos y dinero.»
La salvia me perdone;
 que al comercio su máxima se opone.
Si hablase del comercio literario,
yo no defendería lo contrario
porque en él para algunos es un vicio
lo que es en general un beneficio:
 y español que tal vez recitaría
quinientos versos de Boileau y el Tasso,
puede ser que no sepa todavía
en qué lengua los hizo Garcilaso.

Algunos sólo aprecian la literatura extranjera y no tienen la menor noticia de la de su nación.

- XLI -

El gato, el lagarto y el grillo

Ello es que hay animales muy científicos
en curarse con varios específicos,
y en conservar su construcción orgánica,
como hábiles que son en la botánica;
pues conocen las hierbas diuréticas,
 catárticas, narcóticas, eméticas,
febrífugas, estípticas, prolíficas,
cefálicas también y sudoríficas.
En esto era gran práctico y teórico
un gato, pedantísimo retórico,
 que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Yendo a caza de plantas salutíferas,
dijo a un lagarto: «¡Qué ansias tan mortíferas!
Quiero, por mis turgencias semihidrópicas,
 chupar el zumo de hojas heliotrópicas...»
Atónito el lagarto con lo exótico,
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica.
 Pero notó que el charlatán ridículo,
de hojas de girasol llenó el ventrículo;
y le dijo: «Ya, en fin, señor hidrópico,
he entendido lo que es zumo heliotrópico...»
¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el diálogo,
 aunque se fue en ayunas del catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo del gato elogios honoríficos!
Sí; que hay quien tiene la hinchazón por mérito,
y el hablar liso y llano por demérito.
 Mas ya que esos amantes de hiperbólicas
cláusulas, y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un despropósito,
caiga sobre su estilo problemático
 este apólogo esdrújulo-enigmático.

Por más ridículo que sea el estilo retumbante, siempre habrá necios que le aplaudan, sólo por la razón de que se quedan sin entenderle.

- XLII -

La música de los animales

Atención, noble auditorio,
que la bandurria he templado,
y han de dar gracias cuando oigan
la jácara que les canto.
En la corte del león,
 día de su cumpleaños,
unos cuantos animales
dispusieron un sarao
y para darle principio
con el debido aparato,
 creyeron que una academia
de música era del caso.
Como en esto de elegir
los papeles adecuados
no todas veces se tiene
 el acierto necesario,
ni hablaron del ruiseñor,
ni del mirlo se acordaron,
ni se trató de calandria,
de jilguero, ni canario.
 Menos hábiles cantores,
aunque más determinados,
se ofrecieron a tomar
la diversión a su cargo.
Antes de llegar la hora
 del cántico proyectado,
cada músico decía:
«Ustedes verán qué rato»;
y al fin la capilla junta
se presenta en el estrado
 compuesta de los siguientes
diestrísimos operarios:
los tiples eran dos grillos;
rana y cigarra, contraltos;
dos tábanos, los tenores;
 el cerdo y el burro, bajos,
¡Con qué agradable cadencia,
con qué acento delicado
la música sonaría,
no es menester ponderarlo.
 Baste decir que los más
las orejas se taparon,
y por respeto al león
disimularon el chasco.
La rana por los semblantes
 bien conoció, sin embargo,
que habían de ser muy pocas
las palmadas y los bravos,
saliose del corro y dijo:
«¡Cómo desentona el asno!»
 Éste replicó: «Los tiples
sí que están desentonados.»
«Quien lo echa todo a perder,
añadió un grillo chillando,
es el cerdo.» «Poco a poco,
 respondió luego el marrano:
nadie desafina más
que la cigarra contralto.»
«Tenga modo y hable bien,
saltó la cigarra: es falso;
 esos tábanos tenores
son los autores del daño.»
Cortó el león la disputa
diciendo: «¡Grandes bellacos,
¿antes de empezar la solfa
 no la estabais celebrando?
Cada uno para sí
pretendía los aplausos,
como, que se debería
todo el acierto a su canto;
 mas viendo ya que el concierto
es un infierno abreviado,
nadie quiere parte en él,
y a los otros hace cargos.
Jamás volváis a poneros
 en mi presencia: marchaos;
que si otra vez me cantáis,
tengo de hacer un estrago.»
¡Así permitiera el cielo
que sucediera otro tanto,
 cuando trabajando a escote
tres escritores o cuatro,
cada cual quiere la gloria,
si es bueno el libro o mediano,
y los compañeros tienen
 la culpa si sale malo!

Cuando se trabaja una obra entre muchos, cada uno quiere apropiársela si es buena, y echa la culpa a los otros, si es mala.

- XLIII -
La espada y el asador

Sirvió en muchos combates una espada
tersa, fina, cortante, bien templada,
la más famosa que salió de mano
de insigne fabricante toledano.
Fue pasando a poder de varios dueños,
 y airosos los sacó de mil empeños.
Vendiose en almonedas diferentes,
hasta que por extraños accidentes
vino, en fin, a parar ¡quién lo diría!
A un oscuro rincón de una hostería,
 donde, cual mueble inútil, arrimada,
se tomaba de orín. Una criada
por mandato de su amo el posadero,
que debía de ser gran majadero,
se la llevó una vez a la cocina:
 atravesó con ella una gallina;
y héteme un asador hecho y derecho
la que una espada fue de honra y provecho.
Mientras esto pasaba en la posada,
en la corte comprar quiso una espada
 cierto recién llegado forastero,
transformado de payo en caballero.
El espadero, viendo que al presente
es la espada un adorno solamente,
y que pasa por buena cualquier hoja,
 siendo de moda el puño que se escoja,
díjole que volviese al otro día.
Un asador que en su cocina había
luego desbasta, afila y acicala,
y por espada de Tomás de Ayala
 al pobre forastero, que no entiende
de semejantes compras, se la vende;
siendo tan picarón el espadero
como fue mentecato el posadero.
¿Mas de igual ignorancia o picardía
 nuestra nación quejarse no podría
contra los traductores de dos clases,
que infestada la tienen con sus frases?
Unos traducen obras celebradas,
y en asadores vuelven las espadas:
 otros hay que traducen las peores,
y venden por espadas asadores.

Tanto daño causan los que traducen mal obras buenas, como los que traducen bien obras malas.

- XLIV -
Los cuatro lisiados

Un mudo a nativitate,
y más sordo que una tapia,
vino a tratar con un ciego
cosas de poca importancia.
Hablaba el ciego por señas,
 que para el mudo eran claras:
mas hízole otras el mudo,
y él a oscuras se quedaba.
En este apuro trajeron
para que los ayudara
 a un camarada de entrambos
que era manco, por desgracia.
Este las señas del mudo
trasladaba con palabras,
y por aquel medio el ciego
 del negocio se enteraba.
Por último, resultó
de conferencia tan rara
que era preciso escribir
sobre el asunto una carta.
 «Compañeros, saltó el manco,
mi auxilio a tanto no alcanza;
pero a escribirla vendrá
el dómine p si le llaman.»
«¿Qué ha de venir, dijo el ciego,
 si es cojo, que apenas anda?
Vamos: será menester
ir a buscarlo a su casa.»
Así lo hicieron: y al fin
el cojo escribe la carta;
 díctanla el ciego y el manco,
y el mudo parte a llevarla.
Para el consabido asunto
con dos personas sobraba;
mas como eran ellas tales,
 cuatro fueron necesarias.
Y a no ser porque ha tan poco
que en un lugar de la Alcarria
acaeció esta aventura,
testigos más de cien almas,
 bien pudiera sospecharse
que estaba adrede inventada
por alguno que con ella
quiso pintar lo que pasa
cuando juntándose muchos
 en pandilla literaria,
tienen que trabajar todos
para una gran patarata.

Las obras que un particular puede desempeñar por sí solo, no merecen se emplee en ellas el trabajo de muchos hombres.

- XLV -
El retrato de Golilla

De frase extranjera el mal pegadizo,
hoy a nuestro idioma gravemente aqueja,
pero habrá quien piense que no habla castizo,
si por lo anticuado, lo usado no deja.
Voy a entretenelle con una conseja,
 y porque le traiga más contentamiento,
en su mesmo estilo referillo intento
mezclando dos hablas, la nueva y la vieja.
No sin hartos celos, un pintor de hogaño
vía como agora gran loa y valía
 alcanzan algunos retratos de antaño;
y el no remedallos a mengua tenía:
por ende, queriendo retratar un día
a cierto rico home, señor de gran cuenta,
juzgó que lo antiguo de la vestimenta
 estima de rancio al cuadro daría.
Segundo Velázquez creyó ser con esto:
y ansí que del rostro toda la semblanza
hubo trasladado, golilla le ha puesto,
y otros atavíos a la antigua usanza.
 La tabla a su dueño lleva sin tardanza,
el cual, espantado, fincó des que vido
con añejas galas su cuerpo vestido;
magüer que le plugo la faz abastanza.
Empero una traza le vino a las mientes
 con que al retratante dar su galardón.
Guardaba, heredadas de sus ascendientes,
antiguas monedas en un viejo arcón.
Del Quinto Fernando muchas de ellas son,
allende de algunas de Carlos Primero,
 de entrambos Filipos, Segundo y Tercero;
y henchido de todas le endonó un bolsón.
«Con estas monedas, o siquier medallas,
(el pintor le dice), si voy al mercado,
tornaré a mi casa con muy buen recado.
 -¡Pardiez! (dijo el otro): ¿no me habéis pintado
en traje que un tiempo fue muy señoril,
y agora le viste sólo un alguacil?
Cual me retratasteis, tal os he pagado.
«Llevaos la tabla; y el mi corbatín,
 pintadme al proviso, en vez de golilla;
cambiadme esa espada en el mi espadín;
y en la mi casaca trocad la ropilla;
ca non habrá naide en toda la villa
que al verme en tal guisa conozca mi gesto;
 vuestra paga entonces contaros he presto
en buena moneda corriente en Castilla.»
Ora, pues, si a risa provoca la idea
que tuvo aquel sandio moderno pintor,
¿no hemos de reírnos siempre que chochea
 con ancianas frases un novel autor?
Lo que es afectado, juzga que es primor;
habla puro a costa de la claridad,
y no halla voz baja para nuestra edad,
si fue noble en tiempo del Cid Campeador.

Si es vicioso el uso de voces extranjeras modernamente introducidas, también lo es, por el contrario, el de las anticuadas.

- XLVI -
Los dos tordos

Persuadía un tordo abuelo,
lleno de años y prudencia,
a un tordo, su nietezuelo,
mozo de poca experiencia,
a que, acelerando el vuelo,
 viniese con preferencia
hacia una poblada viña,
e hiciese allí su rapiña.
«Esa viña ¿dónde está
(le pregunta el mozalbete),
 y qué fruto es el que da?»
«Hoy te espera un gran banquete,
dice el viejo, ven acá:
aprende a vivir, pobrete.»
Y no bien lo dijo, cuando
 las uvas le fue enseñando.
Al verías saltó el rapaz:
«¿Y esta es la fruta alabada
de un pájaro tan sagaz?
¡Qué chica! ¡Qué desmedrada!
 Ea, vaya, es incapaz
que eso pueda valer nada.
Yo tengo fruta mayor
en una huerta, y mejor.»
«Veamos, dijo el anciano,
 aunque sé que más valdrá
de mis uvas sólo un grano.»
A la huerta llegan ya;
y el joven exclama ufano:
«¡Qué fruta! ¡Qué gorda está!
 ¿No tiene excelente traza?...
¿Y qué era? Una calabaza.
Que un tordo en aqueste engaño
caiga, no lo dificulto;
pero es mucho más extraño
 que hombre tenido por culto
aprecie por el tamaño
los libros, y por el bulto.
Grande es, si es buena, una obra.
Si es mala, toda ella sobra.

No se han de apreciar los libros por su bulto ni por su tamaño.

- XLVII -
El pollo y los dos gallos

Un gallo, presumido
de luchador valiente,
a un pollo algo crecido
no sé por qué accidente,
tuvieron sus palabras, de manera
 que armaron una brava pelotera.
Diose el pollo tal maña,
que sacudió a mi gallo lindamente,
quedando ya por suya la campaña.
Y el vencido sultán de aquel serrallo
 dijo, cuando el contrario no lo oía:
«¡Eh! Con el tiempo no será mal gallo;
el pobrecillo es mozo todavía...»
Jamás volvió a meterse con el pollo.
Mas en otra ocasión, por cierto embrollo,
 teniendo un choque con un gallo anciano,
guerrero veterano,
apenas le quedó pluma ni cresta;
y dijo al retirarse de la fiesta:
«Si no mirara que es un pobre viejo...
 Pero chochea, y por piedad le dejo.»
Quien se meta en contienda,
verbigracia, de asunto literario,
a los años no atienda,
sino a la habilidad de su adversario.

No ha de considerarse en un autor la edad, sino el talento.

- XLVIII -
La urraca y la mona

A una mona
muy taimada
dijo un día
cierta urraca:
«Si vinieras,
 a mi casa
¡cuántas cosas
te enseñara!
Tú bien sabes
con qué maña
 robo y guardo
mil alhajas.
Ven; si quieres,
y veraslas
escondidas
 tras de un arca.»
La otra dijo:
«Vaya en gracia.»
Y al paraje
le acompaña.
 Fue sacando
doña Urraca
una liga
colorada,
un tontillo
 de casaca,
una hebilla,
dos medallas,
la contera
de una espada,
 medio peine,
y una vaina
de tijeras;
una gasa,
un mal cabo
 de navaja,
tres clavijas
de guitarra,
y otras muchas
zarandajas.
 «¿Qué tal? dijo.
Vaya, hermana;
¿No me envidia?
¿No se pasma?
A fe que otra
 de mi casta
en riqueza
no me iguala.»
Nuestra mona
la miraba
 con un gesto
de bellaca:
y al fin dijo:
«¡Patarata!
Has juntado
 lindas maulas.
Aquí tienes
quien te gana,
porque es útil
lo que guarda.
 Si no, mira
mis quijadas.
Bajo de ellas,
camarada,
hay dos buches
 o papadas,
que se encogen
y se ensanchan.
Como aquello
que me basta,
 y el sobrante
guardo en ambas
para cuando
me haga falta,
tú amontonas,
 mentecata,
trapos viejos
y morralla;
mas yo, nueces,
avellanas,
 dulces, carne,
y otras cuantas
provisiones
necesarias.
Y esta mona
 redomada,
¿habló sólo
con la urraca?
Me parece
que más habla
 con algunos
que hacen gala
de confusas
misceláneas,
y fárrago
 sin sustancia.

El verdadero caudal de erudición no consiste en hacinar muchas noticias, sino en recoger con elección las útiles y necesarias.

- XLIX -
El ruiseñor y el gorrión

Siguiendo el son del organillo un día
tomaba el ruiseñor lección de canto,
y a la jaula llegándose entretanto
el gorrión parlero así decía:
«¡Cuánto me maravillo
 de ver que de ese modo
un pájaro tan diestro
a un discípulo tiene por maestro!
Porque al fin, lo que sabe el organillo
a ti lo debe todo.»
 «A pesar de eso (el ruiseñor replica),
si él aprendió de mí, yo de él aprendo.
A imitar mis caprichos él se aplica:
yo los voy corrigiendo
con arreglarme al arte que él enseña;
 y así pronto verás lo que adelanta
un ruiseñor que con escuela canta.»
¿De aprender se desdeña
el literato grave?
Pues más debe estudiar el que más sabe.

Nadie crea saber tanto, que no tenga más que aprender.

- L -
El jardinero y su amo

En un jardín de flores
había una gran fuente,
cuyo pilón servía
de estanque a carpas, tencas y otros peces
únicamente al riego
 el jardinero atiende,
de modo que entretanto
los peces agua en que vivir no tienen.
Viendo tal desgobierno,
su amo le reprende;
 pues aunque quiere flores,
regalarse con peces también quiere.
Y el rudo jardinero,
tan puntual le obedece,
que las plantas no riega
 para que el agua del pilón no merme.
Al cabo de algún tiempo
el amo al jardín vuelve;
halla secas las flores,
y amostazado dice de esta suerte:
 «Hombre, no riegues tanto
que me quede sin peces;
ni cuides tanto de ellos,
que sin flores, gran bárbaro, me dejes.»
La máxima es trillada,
 mas repetirse debe:
no escriba quien no sepa
unir la utilidad con el deleite.

La perfección de una obra consiste en la unión de lo útil y de lo agradable.

- LI -
El fabricante de galones y la encajera

Cerca de una encajera
vivía un fabricante de galones.
«Vecina, ¡quién creyera
(la dijo) que valiesen más doblones
de tu encaje tres varas
 que diez de un galón de oro de dos caras!»,
«De que a tu mercancía
(esto es lo que ella respondió al vecino)
tanto exceda la mía,
aunque en oro trabajas, y yo en lino,
 no debes admirarte;
pues más que la materia vale el arte.»
Quien desprecie el estilo
y diga que a las cosas sólo atiende,
advierta que si el hilo
 más que el noble metal caro se vende,
también da la elegancia
su principal valor a la sustancia.

No basta que sea buena la materia de un escrito, es menester que también lo sea el modo de tratarla.

- LII -
El cazador y el hurón

Cargado de conejos
y muerto de calor,
una tarde de lejos
a su casa volvía un cazador.
Encontró en el camino,
 muy cerca del lugar,
a un amigo y vecino,
y su fortuna le empezó a contar.
«Me afané todo el día
le dijo; pero qué,
 si mejor cacería
no la he logrado ni la lograré.
«Desde por la mañana
es cierto que sufrí
una buena solana;
 mas mira qué gazapos traigo aquí.
«Te digo y te repito,
fuera de vanidad,
que en todo este distrito
no hay cazador de más habilidad.»
 Con el oído atento
escuchaba un hurón
este razonamiento
desde el corcho en que tiene su mansión.
Y el puntiagudo hocico
 sacando por la red,
dijo a su amo: «Suplico
dos palabritas, con perdón de usted.
Vaya, ¿cuál de nosotros
fue el que más trabajó?
 Esos gazapos y otros,
¿quién se los ha cazado sitio yo?
«Patrón, ¿tan poco valgo
que me tratan así?
Me parece que en algo
 bien se pudiera hacer mención de mí.»
Cualquiera pensaría
que este aviso moral
seguramente liaría
al cazador gran fuerza; pues no hay tal.
 Se quedó tan sereno
como ingrato escritor
que del auxilio ajeno
se aprovecha, y no cita al bienhechor.

A los que se aprovechan de las noticias de otros, y tienen la ingratitud de no citarlos.

- LIII -
El pedernal y el eslabón

Al eslabón de crüel
trató el pedernal un día,
porque a menudo le hería
para sacar chispas de él.
Riñendo éste con aquél,
 al separarse los dos,
«Quedaos, dijo, con Dios,
¿valéis vos algo sin mí?»
Y el otro responde: «Sí,
lo que sin mí valéis vos.»
 Este ejemplo material
todo escritor considere,
que el largo estudio no uniere
al talento natural,
ni da lumbre el pedernal
 sin auxilio de eslabón,
ni hay buena disposición
que luzca faltando el arte
si obra cada cual aparte,
ambos inútiles son.

La naturaleza y el arte han de ayudarse recíprocamente.

- LIV -
El gallo, el cerdo y el cordero

Había en un corral un gallinero;
en este gallinero un gallo había;
y detrás del corral, en un chiquero,
un marrano grandísimo yacía.
Ítem más, se criaba allí un cordero,
 todos ellos en buena compañía:
¿y quién ignora que estos animales
juntos suelen vivir en los corrales?
Pues (con perdón de ustedes) el cochino
dijo un día al cordero: «¡Qué agradable,
 qué feliz, qué pacífico destino
es el poder dormir! ¡Qué saludable!
Yo te aseguro, como soy gorrino,
que no hay en esta vida miserable
gusto como tenderse a la bartola,
 roncar bien, y dejar rodar la bola.»
El gallo, por su parte, al tal cordero
dijo en otra ocasión: «Mira, inocente,
para estar sano, para andar ligero,
es menester dormir muy parcamente.
 El madrugar en julio o en Febrero
con estrellas, es método prudente,
porque el sueño entorpece los sentidos,
deja los cuerpos flojos y abatidos.»
Confuso, ambos dictámenes coteja
 el simple corderillo, y no adivina
que lo que cada uno le aconseja
no es más que aquello mismo a que se inclina.
Acá entre los autores ya es muy vieja
la trampa de sentar como doctrina
 y gran regla, a la cual nos sujetamos,
lo que en nuestros escritos practicamos.

Suelen ciertos autores sentar como principios infalibles del arte, aquello mismo que ellos practican.

- LV -
El juez y el bandolero

Prendieron por fortuna a un bandolero
a tiempo cabalmente
que de vida y dinero
estaba despojando a un inocente.
Hízole cargo el juez de su delito,
 y él respondió: «Señor, desde chiquito
fui gato algo feliz en raterías:
luego hebillas, relojes, capas, cajas,
espadines robé, y otras alhajas;
después, ya entrado en días,
 escalé casas; y hoy, entre asesinos,
soy salteador famoso de caminos.
Con que vueseñoría no se espante
de que yo robe y mate a un caminante,
porque este y otros daños
 los he estado yo haciendo cuarenta años.»
¿Al bandolero culpan?
¿Pues por ventura dan mejor salida
los que cuando disculpan
en las letras su error, o su mal gusto,
 alegan la costumbre envejecida
contra el dictamen racional y justo?

La costumbre inveterada no debe autorizar lo que la razón condena.

Fábulas literarias
Iriarte, Tomás de

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Fábulas literarias
Iriarte, Tomás de

- LVI -
La criada y la escoba

Cierta criada la casa barría
con una escoba muy puerca y muy vieja.
«Reniego yo de la escoba (decía):
con su basura y pedazos que deja
por donde pasa,
 aún más ensucia que limpia la casa.»
Los remendones, que escritos ajenos
corregir piensan acaso de errores,
suelen dejarlos diez veces más llenos...
Mas no haya miedo que de estos señores
 diga yo nada:
que se lo diga por mí la criada.

Hay correctores de obras ajenas, que añaden más errores de los que corrigen.

- LVII -
El naturalista y las lagartijas

Vio en una huerta
dos lagartijas
cierto curioso
naturalista.
Cógelas ambas,
 y a toda prisa
quiere hacer de ellas
anatomía.
Ya me ha pillado
la más rolliza;
 miembro por miembro
ya me la trincha;
el microscopio
luego la aplica.
Patas y cola,
 pellejo y tripas,
ojos y cuello,
lomo y barriga,
todo lo aparta
y lo examina.
 Toma la pluma;
de nuevo mira,
escribe un poco,
recapacita.
Sus mamotretos
 después registra,
vuelve a la propia
carnicería.
Varios curiosos
de su pandilla
 entran a verle;
dales noticia
de lo que observa:
unos se admiran,
otros preguntan,
 otros cavilan.
Finalizada
la anatomía
cansose el sabio
de lagartija.
 Soltó la otra
que estaba viva,
ella se vuelve
a sus rendijas,
en donde, hablando
 con sus vecinas,
todo el suceso
les participa.
«No hay que dudarlo
no (les decía).
 Con estos ojos
lo vi yo misma.
Se ha estado el hombre
todito un día
mirando el cuerpo
 de nuestra amiga.
¿Y hay quien nos trate
de sabandijas?
¿Cómo se sufre
tal injusticia,
 cuando tenemos
cosas tan dignas
de contemplarse
y andar escritas?
No hay que abatirse,
 noble cuadrilla,
valemos mucho,
por más que digan.»
¿Y querrán luego
que no se engrían
 ciertos autores
de obras inicuas?
Les honra mucho
quien los critica.
No seriamente;
 muy por encima
deben notarse
sus tonterías;
que hacer gran caso
de lagartijas,
 es dar motivo
de que repitan:
valemos mucho,
por más que digan.

A ciertos libros se les hace demasiado favor en criticarlos.

- LVIII -
La discordia de los relojes

Convidados estaban a un banquete
diferentes amigos, y uno de ellos,
que faltando a la hora señalada
llegó después de todos, pretendía
disculpar su tardanza. «¿Qué disculpa
 nos podrás alegar?» le replicaron.
Él sacó su reloj, mostrole, y dijo:
«¿No ven ustedes cómo vengo a tiempo?
Las dos en punto son.» -«¡Qué disparate!
le respondieron: tu reloj atrasa
 más de tres cuartos de hora.» -«Pero amigos,
(exclamaba el tardío convidado),
¿qué más puedo yo hacer que dar el texto?
Aquí está mi reloj...» Note el curioso
que era este señor mío como algunos,
 que un absurdo cometen, y se excusan
con la primera autoridad que encuentran.
Pues, como iba diciendo de mi cuento,
todos los circunstantes empezaron
a sacar sus relojes, en apoyo
 de la verdad. Entonces advirtieron
que uno tenía el cuarto, otro la media,
otro las dos y treinta y seis minutos,
este catorce más, aquél diez menos:
no hubo dos que conformes estuvieran.
 En fin, todo eran dudas y cuestiones.
Pero a la Astronomía cabalmente
era el amo de casa aficionado;
y consultando luego su infalible,
arreglado a una exacta meridiana,
 halló que eran las tres y dos minutos,
con lo cual puso fin a la contienda,
y concluyó diciendo: «¡Caballeros,
si contra la verdad piensan que vale
citar autoridades y opiniones,
 para todos las hay; mas por fortuna,
estas pueden ser muchas, y ella es una.»

Los que piensan que con citar una autoridad, buena o mala, quedan disculpados de cualquier yerro, no advierten que la verdad no puedo ser más de una, aunque las opiniones sean muchas.

- LIX -
El topo y otros animales

Ciertos animalitos,
todos de cuatro pies,
a la gallina ciega
jugaban una vez.
Un perrillo, una zorra
 y un ratón, que son tres:
una ardilla, una liebre
y un mono, que son seis.
Este a todos vendaba
los ojos, como que es
 el que mejor se sabe
de las manos valer.
Oyó un topo la bulla
y dijo: «Pues, pardiez,
que voy allá, y en rueda
 me he de meter también.»
Pidió que le admitiesen;
y el mono, muy cortés,
se lo otorgó (sin duda
para hacer burla de él).
 El topo a cada paso
daba veinte traspiés,
porque tiene los ojos
cubiertos de una piel.
Y a la primera vuelta,
 como era de creer,
facilísimamente
pillan a su merced.
De ser gallina ciega
le tocaba la vez;
 y ¿quién mejor podía
hacer este papel?
Pero él, con disimulo
por el bien parecer,
dijo al mono: «¿Qué hacemos?
 Vaya, ¿me venda usted?»
Si el que es ciego y lo sabe,
aparenta que ve,
quien sabe que es idiota,
¿confesará que lo es?

Nadie confiesa su ignorancia, por más patente que ésta sea.

- LX -
La rana y la gallina

Desde su charco una parlera rana
oyó cacarear a una gallina.
-«Vaya; le dijo: no creyera, hermana,
que fueras tan incómoda vecina.
Y con toda esa bulla, ¿qué hay de nuevo?
 -«Nada, sino anunciar que pongo un huevo.»
-«¿Un huevo solo? ¡Y alborotas tanto!»
-«Un huevo solo; sí, señora mía.
¿Te espantas de eso, cuando no me espanto
de oírte cómo graznas noche y día?
 Yo, porque sirvo de algo, lo publico;
tú, que de nada sirves, calla el pico.»

Al que trabaja algo, puede disimulárselo que lo pregone; el que nada hace, debe callar.

- LXI -
El volatín y su maestro

Mientras de un volatín bastante diestro
un principiante mozalbillo toma
lecciones de bailar en la maroma,
le dice: «Vea usted, señor maestro,
cuánto me estorba y cansa este gran palo
 que llamamos chorizo o contrapeso.
Cargar con un garrote largo y grueso
es lo que en nuestro oficio hallo yo malo.
¿A qué fin quiere usted que me sujete,
si no me faltan fuerzas ni soltura?
 Por ejemplo, este paso, esta postura,
¿no la haré yo mejor sin el zoquete?
Tenga usted cuenta... No es difícil... nada...»
Así decía, y suelta el contrapeso.
El equilibrio pierde... ¡Ay, Dios! ¿Qué es eso?
 ¿Qué ha de ser? Una buena costalada.
«Lo que es auxilio, juzgas embarazo,
¡Incauto joven! (el maestro dijo),
¿Huyes del arte y método? Pues hijo;
no ha de ser éste el último porrazo.»

En ninguna facultad puede adelantar el que no se sujeta a principios.

- LXII -
El sapo y el mochuelo

Escondido en el tronco de un árbol
estaba un mochuelo,
y pasando no lejos un sapo,
le vio medio cuerpo.
«¡Ah de arriba, señor solitario!
 Dijo el tal escuerzo:
saque usted la cabeza, veamos
sí es bonito o feo.»
«No presumo de mozo gallardo;
respondió el de adentro:
 y aun por eso a salir a lo claro
apenas me atrevo;
«Pero usted, que de día su garbo
nos viene luciendo,
¿no estuviera mejor agachado
 en otro agujero?»
¡Oh qué pocos autores tomamos
este buen consejo!
Siempre damos a luz, aunque malo
cuanto componemos,
 y tal vez fuera bien sepultarlo;
pero ¡ay, compañeros!
Más queremos ser públicos sapos
que ocultos mochuelos.

Hay pocos que den sus obras a luz con aquella desconfianza y temor que debe todo escritor que no esté poseído de vanidad.

- LXIII -
El burro del aceitero

En cierta ocasión, un cuero
lleno de aceite llevaba
un borrico que ayudaba
en su oficio a un aceitero.
A paso un poco ligero
 de noche en su cuadra entraba,
y de una puerta en la aldaba
se dio el porrazo más fiero.
¡Ay! Clamó. ¿No es cosa dura
que tanto aceite acarree,
 y tenga la cuadra oscura?
Me temo que se mosquee
de este cuento quien procura
juntar libros que no lee.
¿Se mosquea? Bien está.
 Pero este tal ¿por ventura
mis fábulas leerá?

A los que juntan muchos libros y ninguno leen.

- LXIV -
La contienda de los mosquitos

Diabólica refriega
dentro de una bodega
se trabó entre infinitos
bebedores mosquitos.
(Pero extraño una cosa;
 que el buen Villaviciosa
no hiciese en su Mosquea
mención de esta pelea.)
Era el caso, que muchos
expertos y machuchos,
 con tesón defendían
que ya no se cogían
aquellos vinos puros,
generosos, maduros,
gustosos y fragantes
 que se cogían antes.
En sentir de otros varios,
a esta opinión contrarios,
los vinos excelentes
eran los más recientes;
 y del opuesto bando
se burlaban, culpando
tales ponderaciones
como declamaciones
de apasionados jueces,
 amigos de vejeces.
Al agudo zumbido
de uno u otro partido
se hundía la bodega;
cuando héteme que llega
 un anciano mosquito,
catador muy perito,
y dice, echando un taco.
«¡Por vida del dios Baco!
(Entre ellos ya se sabe
 que es juramento grave):
donde yo estoy, ninguno
dará más oportuno
ni más fundado voto:
cese ya el alboroto.
 ¿No ven que soy navarro,
que en tonel, bota o jarro,
barril, tinaja o cuba,
el jugo de la uva
difícilmente evita
 mi cumplida visita?
¿Que en esto de catarle,
distinguirle y juzgarle,
puedo poner escuela
de Jerez a Tudela,
 de Málaga a Peralta,
de Canarias a Malta,
de Oporto a Valdepeñas?
Sabed, por estas señas,
que es un gran desatino
 pensar que todo vino
que desde su cosecha
cuenta larga la fecha,
fue siempre aventajado.
Con el tiempo ha ganado
 en bondad, no lo niego;
pero si él desde luego
mal vino hubiera sido,
ya se hubiera torcido:
Y al fin, también había,
 lo mismo que en el día,
en los siglos pasados
vinos avinagrados.
Al contrario, yo pruebo
a veces vino nuevo
 que apostarías pudiera
al mejor de otra era:
y si muchos agostos
pasan por ciertos mostos
de los que hoy se reprueban,
 puede ser que los beban
por vinos exquisitos
los futuros mosquitos.
Basta ya de pendencia;
y por final sentencia
 el mal vino condeno;
lo chupo cuando es bueno,
y jamás averiguo
si es moderno o antiguo.
Mil doctos importunos,
 por lo antiguo los unos,
otros por lo moderno,
sigan litigio eterno.
Mi texto favorito
será siempre el mosquito.

Es igualmente injusta la preocupación exclusiva a favor de la literatura antigua o a favor de la moderna.

- LXV -
El escarabajo

Tengo para una fábula un asunto
que pudiera muy bien... pero algún día
suele no estar la musa en punto.
Esto es lo que hoy me pasa con la mía,
y regalo el asunto a quien tuviere
 más despierta que yo la fantasía;
porque esto de hacer fábulas requiere
que se oculte en los versos el trabajo;
lo cual no sale siempre que uno quiere.
Será, pues, un pequeño escarabajo
 el héroe de la fábula dichosa,
porque conviene un héroe vil y bajo,
de este insecto refieren una cosa:
que comiendo cualquiera porquería,
nunca pica las hojas de la rosa.
 Aquí el autor con toda su energía
irá explicando como Dios le ayude
aquella extraordinaria antipatía.
La mollera es preciso que le sude
para endilgar después una sentencia
 con que sepamos a lo que esto alude;
y según le dictare su prudencia,
echará circunloquios y primores,
con tal que diga en la final sentencia:
que así como la reina de las flores
 al sucio escarabajo desagrada,
así también a góticos doctores
toda invención amena y delicada.

Lo delicado y ameno de las buenas letras no agrada a los que se entregan al estudio de una erudición pesada y de mal gusto.

- LXVI -
El ricote erudito

Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era
más necio que rico),
cuya casa magnífica adornaban
muebles exquisitos.
«¡Lástima que en vivienda tan preciosa
 (le dice un amigo),
¡Falte una librería! Bello adorno,
útil y preciso.»
Cierto, responde el otro: ¡que esa idea
no me haya ocurrido!...
 A tiempo estamos; el salón del Norte
a este fin destino.
Que venga el ebanista, y haga estantes
capaces, pulidos
a toda costa. Luego, trataremos
 de comprar los libros.»
«Ya tenemos estantes.» «Pues ahora
(el buen hombre dijo):
¡Echarme yo a buscar doce mil tomos!
¡No es mal ejercicio!
 «Perderé la chaveta, saldrán caros,
y es obra de un siglo...
Pero ¿no era mejor ponerlos todos
de cartón fingidos?
¡Ya se ve! ¿Por qué no? Para estos casos
 tengo un pintorcillo
que escriba buenos rótulos, e imite
pasta y pergamino.
¡Manos a la labor!» Libros curiosos,
modernos y antiguos
 mandó pintar, y a más de los impresos,
varios manuscritos.
El bendito señor repasó tanto
sus tomos postizos,
que aprendiendo los rótulos de muchos
 se creyó erudito.
Pues ¿qué más quieren los que sólo estudian
títulos de libros
si con fingirlos de cartón pintado
les sirven lo mismo?

Muchos fundan su ciencia únicamente en saber muchos títulos de libros.

- LXVII -
El médico, el enfermo y la enfermedad

Batalla el enfermo
con la enfermedad,
él por no morirse
y ella por matar.
Su vigor apuran
 a cual puede más,
sin haber certeza
de quién vencerá.
Un corto de vista,
en extremo tal
 que apenas los bultos
puede divisar,
con un palo quiere
ponerlos en paz:
garrotazo viene,
 garrotazo va:
si tal vez sacude
a la enfermedad,
se acredita el ciego
de lince sagaz;
 mas si por desgracia
al enfermo da,
el ciego no es menos
que un topo brutal.
¿Quién sabe cuál fuera
 más temeridad,
dejarlos matarse,
o ir a meter paz?
Antes que te dejes
sangrar o purgar,
 esta es fabulilla
muy medicinal.

Es peligroso encomendar asuntos graves a quien de cierto no se sabe si podrá llevarlos a feliz término.

- LXVIII -
La víbora y la sanguijuela

«Aunque las dos picamos (dijo un día
la víbora a la simple sanguijuela),
de tu boca reparo que se fía
el hombre, y de la mía se recela.»
La chupona responde: «Ya, querida;
 mas no picamos de la misma suerte:
yo, si pico a un enfermo, le doy vida.
Tú, picando al más sano, le das muerte.»
Vaya ahora de paso una advertencia:
muchos censuran, sí, lector benigno;
 pero a fe que hay bastante diferencia
de un censor útil a un censor maligno.

No confundamos la buena crítica con la mala.

Fábulas literarias
Iriarte, Tomás de
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