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Friday, 23 February 2018

El Rey del Mambo — relatos

Enviado el 23/02/2018

En los años 90 en algún día festivo venía a mi casa un hombre corpulento de mediana edad llamado Juan Ramoneda, el cual se ganaba muy bien la vida haciendo de representante en una prestigiosa empresa de Confección tanto masculina como femenina ya que era amigo de mis padres. Pero él sabía que sobre todo su éxito profesional que lo expandía también en el ámbito social se debía fundamentalmente a su carisma particular, y a su brillante locuacidad; pues se consideraba un hombre de mundo a propósito de los viajes que tenía que hacer a lo largo y ancho de la península Ibérica para promocionar a su empresa.

En efecto, Juan Ramoneda una facilidad de palabra extraordinaria por lo que sabía exponer sus argumentos, sus puntos de vista con tal envidiable convicción y con una pasmosa rotundidad, que 
hacía pensar en la afinada retórica del cónsul romano Cicerone en la Antigüedad según el temperamento latino que desde siempre nos ha caracterizado, razón por la cual eclipsaba a los demás que no acertaban a expresar con la suficiente claridad sus opiniones.

A pesar de su actitud grandilocuente, cuando Juan Ramoneda anunciaba a sus amigos y conocidos que los iría a visitar en compañía de su mujer a sus casas, éstos se frotaban las manos porque sabían que iban a pasar un rato entretenido, y bastante ilustrativo.

Así era. Juan en las reuniones sociales solía contar anécdotas divertidas de todas clases que se suponía que las había vivido en situaciones diversas; ponía ejemplos precisos para iluminar sus teorías fueran políticas, o de cualquier otro tema; aunque quienes le conocían bien sabían que en muchas ocasiones exageraba sus vivencias para provocar la risa, o el estupor. Debido a esta tendencia de comediante, en sus charlas se colaba de vez en cuando una mentira sobre algo pero que al soltarla lo hacía con aquel peculiar gatbo y gracia, que dicha mentira pasaba por una verdad incuestionable, y todo el mundo se la tragaba.

Quizás para los amigos lectores juan Ramoneda no era más que un chispeante charlatán. Y algo de eso había. Pero lo cierto era que también era un sujeto inteligente. Sabía profundizar en muchas cuestiones, y sabía matizar cualquier situación de su entorno en función de su aguda percepción que por supuesto estaba animada por un instinto práctico de la existencia.

Y su fondo cultural, su ingenio era una consecuencia de los libros que había leído que le hacían distinguirse en su medio ambiente de clase media que estaba compuesto por simples comerciantes del ramo de la Confección, los cuales sólo valoraban la iniciativa, y la lucha diaria para mejorar su posición económica y cualquier veleidad psicológica la consideraban músicas celestiales.

Juan en sus monólogos minimizaba la leyenda del Diluvio Universal del Génesis al postular que se trataba de unas inundaciones que había sufrido una población de la antigua Sumeria, pero como sus habitantes sólo conocían aquella región creyeron que el mundo entero se había inundado y sus oyentes le reían la ocurrencia; en otro orden profetizaba acerca de los grandes cambios que vendrían en el futuro en el comercio tradicional.

Mas hurguemos más a fondo en la naturaleza de juan Ramoneda. ¿Por qué se mostraba tan autosuficiente en sociedad hasta el punto de que era como un oráculo mundano, y le importaba un rábano lo que sus contertulios pudieran pensar puesto que no le interesaba dialogar con nadie?

Pues en una discusión siempre hay un margen para que el otro me pueda convencer de algo. 

La verdad era que Juan Ramoneda lo que quería por encima de todo era deslumbrar a su interlocutor con su brillante discurso. Él era un tipo egocéntrico que apabullaba al personal. Pero si lo que él buscaba afanosamente era exhibirse ante la gente, a mi juicio era porque en su fuero interno pesaba un sentimiento de inferioridad, que lo trataba de ocultar con la máscara de la prepotencia, de la fanfarronería.

Por ejemplo, si este hombre ostentaba su erudición era porque había tenido que dejar de ir a la escuela de muy joven para ponerse a trabajar y ayudar a la mísera economía familiar, y así disimular su falta de preparación académica. Si presumía de libertino con las mujeres cuando iba de viaje, era porque en su juventud un día en que su mujer le instó a casarse con ella, y él se negó, al entonces ligue le entró un arrebató de cólera y le atizó con un zapato hasta que Juan cedió llevado por su fragilidad anímica. Huía como podía de la figura de "calzonazos".

El ego es una cualidad natural de nuestra mente, que nos permite superarnos a nosotros mismos, y no es tan malo como predica la moral hindú por considerar que es la fuente de nuestros deseos. Lo malo es cuando este ego se desmadra de un modo enfermizo, tras el cual subyacen casi siempre unas carencias. Si los actores de teatro buscan el aplauso, es para compensar una pertinaz timidez, un complejo de inferioridad; y otro tanto sucede a algunos escritores como he podido comprobar.

Para mi todo arranca en una falta de educación humanista, ya que en muchas escuelas sólo se han enseñado las disciplinas, y en muchos hogares al menos hasta ahora no se ha dialogado demasiado. Estoy convencido que a Juan Ramoneda en su seno familiar se le ordenó a cumplir con su obligación de trabajar, y nadie le preguntó jamás su parecer sobre cualquier cuestión, ni qué le pasaba cuando él se sentía triste. No se lo valoraba como persona.

Todos somos susceptibles de padecer el maldito egocentrismo, más yo quiero atenerme al principio del filósofo Aristóteles que dice: "Que no hay que pecar ni por defecto, ni por exceso, porque la virtud está en el término medio". Cosa nada fácil de conseguir. 
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