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lunes, 25 de febrero de 2019

Aurelio Baldor



Aurelio Baldor, el autor del libro que m√°s terror despierta en los estudiantes de bachillerato de toda Latinoam√©rica, no naci√≥ en Bagdad. Naci√≥ en La Habana, Cuba, y su problema m√°s dif√≠cil no fue una operaci√≥n matem√°tica, sino la revoluci√≥n de Fidel Castro. Esa fue la √ļnica ecuaci√≥n inconclusa del creador del √Ālgebra de Baldor, un apacible abogado y matem√°tico que se encerraba durante largas jornadas en su habitaci√≥n, armado s√≥lo de l√°piz y papel para escribir un texto que desde 1941 aterroriza y apasiona a millones de estudiantes de toda Latinoam√©rica.

El √Ālgebra de Baldor, a√ļn m√°s que El Quijote de la Mancha, es el libro m√°s consultado en los colegios y escuelas desde Tijuana hasta la Patagonia. Tenebroso para algunos, misterioso para otros y definitivamente indescifrable para los adolescentes que intentan resolver sus "miscel√°neas" a altas horas de la madrugada, es un texto que permanece en la cabeza de tres generaciones que ignoran que su autor, Aurelio √Āngel Baldor, no es el terrible hombre √°rabe que observa con desd√©n calculado a sus alumnos amedrentados, sino el hijo menor de Gertrudis y Daniel, nacido el 22 de octubre de 1906 en La Habana, y portador de un apellido que significa "valle de oro" y que viaj√≥ desde B√©lgica hasta Cuba.

Daniel Baldor Reside en Miami y es el tercero de los siete hijos del c√©lebre matem√°tico. Inversionista, consultor y hombre de finanzas, Daniel vivi√≥ junto a sus padres, sus seis hermanos y la abnegada nana negra que los acompa√Ī√≥ durante m√°s de cincuenta a√Īos, el drama que se ensa√Ī√≥ con la familia en los d√≠as de la revoluci√≥n de Fidel Castro.

Aurelio Baldor era el educador m√°s importante de la isla cubana durante los a√Īos cuarenta y cincuenta. Era fundador y director del Colegio Baldor, una instituci√≥n que ten√≠a 3.500 alumnos y 32 buses en la calle 23 y 4, en la exclusiva zona residencial del Vedado. Un hombre tranquilo y enorme, enamorado de la ense√Īanza y de mi madre, quien hoy lo sobrevive, y que pasaba el d√≠a
ideando acertijos matem√°ticos y juegos con "n√ļmeros", recuerda Daniel, y evoca a su Padre caminando con sus 100 kilos y su proverbial altura de un metro con noventa y cinco cent√≠metros por los corredores del colegio, siempre con un cigarrillo en la boca, recitando frases de Mart√≠ y con su √°lgebra bajo el brazo, que, para entonces, en lugar del retrato del sabio √°rabe intimidante, luc√≠a una sobria car√°tula roja.

Los Baldor viv√≠an en las playas de Tarar√° en una casa grande y lujosa donde las puestas de sol se desped√≠an con un color distinto cada tarde y donde el profesor dedicaba sus tardes a leer, a crear nuevos ejercicios matem√°ticos y a fumar, la √ļnica pasi√≥n que lo distra√≠a por instantes de los n√ļmeros y las ecuaciones. La casa a√ļn existe y la administra el Estado cubano. Hoy hace parte de una villa tur√≠stica para extranjeros que pagan cerca de dos mil d√≥lares para pasar una semana de verano en las mismas calles en las que Baldor se cruzaba con el "Che" Guevara, quien viv√≠a a pocas casas de la suya, en el mismo barrio.

"Mi padre era un hombre devoto de Dios, de la patria y de su familia", afirma Daniel. "Cada día rezábamos el rosario y todos los domingos, sin falta, íbamos a misa de seis, una costumbre que no se perdió ni siquiera después del exilio". Eran los días de riqueza y filantropía, días en que los Baldor ocupaban una posición privilegiada en la escalera social de la isla y que se esmeraban en distribuir justicia social por medio de becas en el colegio y ayuda económica para los enfermos de cáncer.

El 2 de enero de 1959 los hombres de barba que luchaban contra Fulgencio Batista se tomaron La Habana. No pasaron muchas semanas antes de que Fidel Castro fuera personalmente al Colegio Baldor y le ofreciera la revolución al director del colegio. "Fidel fue a decirle a mi padre que la revolución estaba con la educación y que le agradecía su valiosa labor de maestro...,
pero ya estaba planeando otra cosa", recuerda Daniel. Los planes tendr√≠an que ejecutarlos Ra√ļl Castro, hermano del l√≠der del nuevo gobierno, y una calurosa tarde de septiembre envi√≥ a un piquete de revolucionarios hasta la casa del profesor con la orden de detenerlo. S√≥lo una contraorden de Camilo Cienfuegos, quien defend√≠a con devoci√≥n de alumno el trabajo de Aurelio Baldor, lo salv√≥ de ir a prisi√≥n. Pero apenas un mes despu√©s la familia Baldor se qued√≥ sin protecci√≥n, pues Cienfuegos, en un vuelo entre Camag√ľey y La Habana, desapareci√≥ en medio de un mar furioso que se lo trag√≥ para siempre. "Nos vamos de vacaciones para M√©xico, nos dijo mi pap√°. Nos reuni√≥ a todos, y como si se tratara de una clase de geometr√≠a nos explic√≥ con precisi√≥n milim√©trica c√≥mo ten√≠amos que prepararnos. Era el 19 de julio de 1960 y √©l estaba m√°s sombr√≠o que de costumbre. Mi padre era un hombre que no dejaba traslucir sus emociones, muy anal√≠tico, de una fachada estricta, dur√≠sima, pero ese d√≠a algo misterioso en su mirada nos dec√≠a que las cosas no andaban bien y que el viaje no era de recreo", dice el hijo de Baldor.

Un vuelo de Mexicana de Aviaci√≥n los dej√≥ en la capital azteca. La respiraci√≥n de Aurelio Baldor estaba agitada, intranquila, como si el aire mexicano le advirtiera que jam√°s regresar√≠a a su isla y que morir√≠a lejos, en el exilio. El profesor, adem√°s del dolor del destierro, cargaba con otro temor. Era infalible en matem√°ticas y jam√°s se equivocaba en las cuentas, as√≠ que, si calculaba bien, el dinero que llevaba le alcanzar√≠a apenas para algunos meses. Part√≠a acompa√Īado de una pobreza monacal que ya sus libros no podr√≠an resolver, pues doce a√Īos atr√°s hab√≠a vendido los derechos de su √°lgebra y su aritm√©tica a Publicaciones Culturales, una editorial mexicana, y hab√≠a invertido el dinero en su escuela y su pa√≠s.

La lucha empezaba. Los Baldor, incluida la nana, se estacionaron con paciencia durante 14 d√≠as en M√©xico y despu√©s se trasladaron hasta Nueva Orle√°ns, en Estados Unidos, donde se encontraron con el fantasma vivo de la segregaci√≥n racial. Aurelio, su mujer y sus hijos eran de color blanco y no ten√≠an problemas, pero Magdalena, la nana, una soberbia mulata cubana, ten√≠a que separarse de ellos si sub√≠an a un bus o llegaban a un lugar p√ļblico. Aurelio Baldor, heredero de los ideales libertarios de Jos√© Mart√≠, no soport√≥ el trato y decidi√≥ llevarse a la familia hasta Nueva York, donde consigui√≥ alojamiento en el segundo piso de la propiedad de un italiano en Brooklyn, un vecindario formado por inmigrantes puertorrique√Īos, italianos, jud√≠os y por toda la melancol√≠a de la pobreza. El profesor, hombre friolento por naturaleza, sufri√≥ a√ļn m√°s por la falta de agua caliente en su nueva vivienda, que por el desolador panorama que percib√≠a desde la √ļnica ventana del segundo piso.

La aristocr√°tica familia que invitaba a cenar a ministros y grandes intelectuales de toda Am√©rica a su hermosa casa de las playas de Tarar√° estaba condenada a vivir en el exilio, hacinada en medio del olvido y la sordidez de Brooklyn, mientras que la junta revolucionaria declaraba la nacionalizaci√≥n del Colegio Baldor y la expropiaci√≥n de la casa del director, que sirvi√≥ durante a√Īos como escuela revolucionaria para formar a los c√©lebres "pioneros". La suerte del colegio fue distinta. Hoy se llama Colegio Espa√Īol y en √©l estudian 500 estudiantes pertenecientes a la Uni√≥n Europea. Ning√ļn ni√Īo nacido en Cuba puede pisar la escuela que Baldor hab√≠a construido para sus compatriotas.

Lejos de la patria Aurelio Baldor trat√≥ en vano de recuperar su vida. Fue a clases de ingl√©s junto a sus hijos a la Universidad de Nueva York y al poco tiempo ya dictaba una c√°tedra en Saint Peters College, en Nueva Jersey. Se esforz√≥ para terminar la educaci√≥n de sus hijos y cada uno encontr√≥ la profesi√≥n con que so√Īaba: un profesor de literatura, dos ingenieros, un inversionista, dos administradores y una secretaria. Ninguno sigui√≥ el camino de las matem√°ticas, aunque todos continuaron aceptando los desaf√≠os mentales y los juegos con que los retaba su padre todos los d√≠as.

Con los a√Īos, Baldor se hab√≠a forjado un importante prestigio intelectual en los Estados Unidos y hab√≠a dejado atr√°s las dificultades de la pobreza. Sin embargo, el maestro no pudo ser feliz fuera de Cuba. No lo fue en Nueva York como profesor, ni en Miami donde vivi√≥ su retiro acompa√Īado de Moraima, su mujer, quien hoy tiene 89 a√Īos y recuerda a su marido como el hombre m√°s valiente de todos cuantos nacieron en el planeta. Baldor jam√°s recuper√≥ sus fant√°sticos cien kilos y se encorv√≥ poco a poco como una palmera monumental que no puede soportar el peso del cielo sobre s√≠. "El exilio le supo a jugo de pi√Īa verde. Mi padre se muri√≥ con la esperanza de volver",
asegura su hijo Daniel.

El autor del Algebra de Baldor se fum√≥ su √ļltimo cigarrillo el 2 de abril de 1978. A la ma√Īana siguiente cerr√≥ los ojos, murmur√≥ la palabra Cuba por √ļltima vez y se durmi√≥ para siempre. Pero sus siete hijos, quince nietos y diez biznietos, siempre supieron y sabr√°n que a Aurelio Baldor lo mataron la nostalgia y el destierro.

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Un amigo me envi√≥ la historia completa, yo trat√© de escribir esta peque√Īa rese√Īa para quienes ignoran la grandeza y dolores detr√°s de uno de los libros m√°s conocidos del mundo: √Ālgebra de Baldor.

Espero les haya gustado.  Autor Desconocido

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